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miércoles, 17 de mayo de 2017

Guerra del infierno a Santa Gema Galgani


En estos menguados tiempos en que tan suelto anda el demonio por el mundo y tan patente se deja sentir su acción en muchos de sus míseros esclavos, abundan los ingenuos que se maravillan y escandalizan de que ese espíritu de perdición intervenga en las vidas de los santos, siquiera sea para perfeccionarlas y embellecerlas.

Como quiera que el Señor no subordina sus disposiciones a los gustos de los tiempos y a las necias exigencias de sus enemigos, permite en nuestros días, como en todos los tiempos, al demonio tentar nuestra virtud, y se sirve de ese enemigo del género humano para probar a los hombres como el oro en el crisol, y hacer la selección entre réprobos y escogidos.

La Divina Providencia no permite, sin embargo, seamos tentados sobre nuestras fuerzas, disponiendo sapientísimamente que los niños en la virtud sean tentados como niños y los gigantes como gigantes.

Gigante en la virtud era sin duda Santa Gema; natural es que sus combates con el infierno fueran formidables.

Previniéndola para ellos el celestial Esposo, le dijo en cierta ocasión:“Haré que seas pisoteada por los demonios. Así que, hija mía, prepárate; el demonio será quien de la última mano a la obra que en ti deseo ejecutar”.

Se preparó la Sierva de Dios, si es que ya no estaba bien preparada: la guerra no tardó en llegar; pero tan brutal y despiadada que nos hace estremecer.

En pocas vidas de santos encontramos que el Señor concediese al demonio la libertad para engañar y atormentar que descubrimos en la de nuestra Gema.

No hay para qué decir que el maligno espíritu se aprovechó largamente de ella.

Trató primeramente de engañarla, incitándola ora a la presunción, ora a la desconfianza y desesperación.

Para lo primero poníale ante los ojos que el confesor y el director guardaban cuidadosamente sus cartas para publicarlas un día en alabanza suya. No dejaba de ser peligrosa esta tentación, ya que sabía Gema que el uno y el otro conservaba aquellos documentos donde tantos favores del cielo referían.

Más molestas que estas tentaciones eran aquellas otras en que, aprovechándose el enemigo de las desolaciones y temores de Gema, la empujaba hacia el abismo de la desesperación. Clamaba la pobre joven por Jesús; lo buscaba con febril afán, y al no acudir el Divino Salvador a sus clamores, se presentaba en su lugar el demonio, diciéndole: “¿No ves que ese Jesús no te escucha ni se cuida de ti? ¿Por qué te cansas corriendo tras él? Abandónalo ya, resignándote a tu triste suerte”.

A veces pasaba el tentador más adelante, recordándole apariencias de pecados y tratando de persuadirle que por ellos estaba ya sentenciada al infierno.

“Para ti ya no hay esperanza —le decía—; te llevaré al infierno, porque efectivamente me perteneces; puedes vivir bien persuadida de que Dios te ha abandonado”. Esta tentación ha causado en todo tiempo indecibles angustias a los santos. Superfluo es añadir que también constituyó para Gema horrible martirio.

Una de las cosas que más desesperaba al demonio era la docilidad de Gema en dejarse gobernar por sus directores. ¿Qué no podría prometerse el astuto de joven tan simple y candorosa, abandonada a su propio juicio? Así que dirigió todos sus tiros contra ese baluarte.

Pintaba al Padre Germán como a iluso, charlatán, ignorante, fanático y olvidadizo.

Como nada lograba con semejantes insinuaciones, acudía a la violencia, siendo muy frecuente el que cuando Gema se ponía a escribirle le arrancase la pluma de la mano, le hiciese trizas el papel, la arrojase del escritorio y hasta la agarrase de los cabellos, arrastrándola por el suelo. Al desaparecer, después de ejecutadas tales violencias, gritaba desesperado: — ¡Guerra, guerra a tu Padre y a vuestras almas!

Toda la rabia del infierno vino a estrellarse en la inflexible constancia de estas dos almas esclarecidas.

También la obra de monseñor Volpi desconcertaba al infierno, llegando el demonio en su ciego empeño por neutralizarla y contrarrestarla hasta tomar la figura del Prelado.

Varias veces sucedió que al llegarse la candorosa joven al confesonario, se encontró con que bajo las apariencias del confesor se sentaba en él el demonio.

“Una vez —dice el Padre Germán— logró representar su papel con tanta propiedad que, permitiéndolo Dios, logró persuadir a la pobrecita era su propio confesor en persona. Por fortuna me ocurrió a mí por aquellos días tener que pasar por Luca y, enterado del caso, conseguí, no sin gran trabajo y en virtud de santa obediencia, recobrase la paz perdida y la confianza en aquel santo sacerdote”.

Llevando más adelante el demonio sus malignas artes, trató de meter cizaña entre el confesor, el director y el Padre Pedro Pablo. El empeño parece difícil, tratándose de personas tan ilustradas, y que con tanta pureza de intención buscaban la santificación de Gema; pero también el ardid fué de los mejor tramados, costando no poco trabajo el descubrirlo.

Urdió el tentador una serie de cartas como del Padre Germán a monseñor Volpi y al Padre Pedro Pablo, y de monseñor Volpi al Padre Pedro Pablo.

El fin de ellas era desorientar y enemistar a los directores de Gema presentar a ésta como embaucadora e ilusa y privarla de la sagrada comunión. Ocasionó la infernal maniobra algunos disgustos y costó no pequeño trabajo deshacerla; pero al fin se logró poner en claro que todas aquellas cartas eran de procedencia infernal.

Enterada la sierva de Dios de todas estas diabólicas maniobras, escribía al director: “Sí; sí; el monstruo redobla sus esfuerzos para privarme de la ayuda de mi Padre y del Padre Provincial, porque ve serme de gran provecho. Pero, si esto llegase a suceder, no faltaría Jesús en mi corazón”.  Con este sublime acto de resignación respondía Gema a las ardides y fieras maquinaciones del infierno para privarle de dirección.

Si a tales extremos llegaba el demonio para perder a Gema, ni que decir tiene que no repararía en tomar toda clase de formas y figuras para mejor conseguir sus diabólicos intentos.

Así fué. Le hemos visto tomar la figura del confesor.

Pasando más adelante, tomaba frecuentemente la figura del Ángel de la Guarda, y no pocas veces la del mismo Jesucristo.

Lo más ordinario, sin embargo, era se le apareciese en forma de negro gigantesco, de repugnante y asqueroso enano, de perro rabioso, de dragón con dilatadas fauces y afilados dientes, de gato negro descomunal y de otras distintas fieras salvajes.

Los últimos años eran frecuentísimas todas estas apariciones, hasta el extremo de que la Sierva de Dios llegó a perder el espanto que en su principio le ocasionaban.

Persuadido el demonio de que nada conseguía con todos sus engaños, maltrataba a la pobre doncella de mil maneras a cual más brutales.

Unas veces la golpeaba con fiereza, otras la arrastraba por el suelo, cuándo la tiraba de los cabellos hasta arrancárselos, ya se arrojaba sobre su espalda arañándola, ya, finalmente, la sacaba del lecho, dejándola en el suelo sin sentido.

Excusado es decir lo que sufría la inocente virgen bajo los despiadados golpes del infernal enemigo.

Frecuentemente aparecía todo su cuerpo amoratado; otras veces sentía como descoyuntados todos sus huesos; ocasiones había en que tenía que guardar cama a consecuencia de los malos tratos recibidos, y hasta en algún caso llegó a persuadirse de que realmente la mataba.

Mucho más que los atentados contra la vida temía la pudibunda doncella los dirigidos contra la pureza.

Ofrecía el inmundo espíritu a sus ojos desnudeces vergonzosas, la incitaba a cometer deshonestidades, ponía sobre ella sus manos para excitar torpes complacencias y cometía mil otras diabluras que la pluma se resiste a trascribir.

No siempre eran de este género las violencias del demonio contra Gema. Frecuentemente se manifestaban en lo que llaman los místicos obsesión y hasta posesión diabólica.

Bajo la acción del espíritu infernal se sentía la Sierva de Dios como encadenada en sus miembros, en sus facultades y hasta en su lengua; o bien constreñida a ejecutar movimientos y acciones que repugnaban a su voluntad.“Ayer —escribe al director — tenía la imagen de Jesús en la mente, pero no podía pronunciar su nombre con los labios”.

Al verse en tales aprietos, sobre acudir con toda diligencia al cielo, pidiendo fortaleza y protección, acudía también despavorida al confesor, solicitando su auxilio. “Monseñor —le escribía—, venga inmediatamente: el demonio me las hace de todas las especies. . . Ayúdeme a salvar mi alma, pues tengo miedo de encontrarme en manos del demonio”.

“¡Dios mío —escribía también al director—, he estado en el infierno, sin Jesús, sin la Mamá, sin el Ángel! Si he logrado salir sin pecado sólo a Jesús se lo debo”.

Dice el sagrado evangelio que después de triunfar Jesucristo de las tentaciones del demonio en el desierto se le acercaban los ángeles para servirle.

También nuestra Gema, después de triunfar de los formidables asaltos infernales, recibía tiernas visitas de Jesús, de María y de sus santos protectores.

El Divino Salvador la felicitaba por sus victorias, la aseguraba que en nada le había ofendido durante la tentación y le prometía su asistencia para futuros combates.

Ya hemos visto cómo también la augusta debeladora del poder infernal acudía presurosa, trayéndole la palma de la victoria.

San Gabriel de la Dolorosa, por su parte, le decía: “Cuando la tentación ponga tu corazón en sobresalto y tu alma en trance de ceder al enemigo, recurre a mi protección, bien segura de no caer”.

Su amado Padre San Pablo de la Cruz acudía también presuroso tan pronto como lo invocaba. “El miércoles por la tarde —escribe— me sobrevino una gran tristeza, por la cual conocí que el malvado se acercaba. . . mas, al fin, con agua bendita y más aun invocando a San Pablo de la Cruz, pude verme libre”.

Como escudo de defensa contra los tiros de Satanás tenía también escapularios, medallas, y en los últimos años una reliquia de la Santa Cruz, que para dicho objeto le había entregado el Padre Pedro Pablo.

Ayudada de la divina gracia nuestra Gema pudo contar el número de sus victorias por el de sus combates, y llegada a las supremas alturas de la unión transformante, la hemos visto en la dulce seguridad de no ser derribada por todo el poder del infierno desencadenado.

Colocadas las almas vulgares en el crisol de la tentación, sucumben sin gloria y sin honor; en tanto que las almas esforzadas, como nuestra Santa, salen purificadas, iluminadas, enriquecidas y dignas de ser coronadas en la patria bienaventurada.

La Providencia divina, que ha dispuesto sea tentada nuestra virtud, queda en todo caso justificada.

“VIDA DE SANTA GEMA GALGANI”.
AÑO 1950.

domingo, 15 de diciembre de 2013

HAZ QUE YO SIENTA...


"Jesús, Dueño mío... Cuando mi cabeza se acerque a la tuya, hazme sentir el dolor de las espinas que te punzaron. Cuando mi pecho se recline sobre el tuyo, haz que yo sienta la lanzada que te traspasó". 

Santa Gema Galgani

miércoles, 22 de mayo de 2013

LOS SANTOS Y EL DEMONIO


La mayoría de los santos han tenido que luchar mucho con el demonio y, por eso, nos pueden hablar por propia experiencia de él. Dios lo permitía para que pudieran purificarse y santificarse y también para que, viendo la terrible realidad de su existencia, pudieran orar y sacrificarse por la conversión de los pecadores.


SANTA TERESA DE JESÚS nos dice en su Vida: "Una vez, estaba en un oratorio y se me apareció hacia el lado izquierdo el demonio de muy abominable figura, en especial le miré la boca, porque me habló y la tenía espantable. Parecía que le salía una gran llama del cuerpo. Yo tuve gran temor y me santigüé como pude y desapareció, pero tornó luego. Por dos veces me acaeció esto. Yo no sabía qué hacer; tenía allí agua bendita y la eché hacia aquella parte y nunca más tornó. Otra vez, estuvo cinco horas atormentándome con tan terribles dolores y desasosiego interior y exterior que no me parece se podía ya sufrir... Vi junto a mí un negrillo abominable, regañando como desesperado... Eran grandes los golpes que me daba sin poderme resistir en cuerpo, cabeza y brazos. No me atrevía a pedir agua bendita para que (las monjas) no tuvieran miedo y no supieran lo que era... Pero como no cesaba el tormento dije: si no se riesen, les pediría agua bendita. Me la trajeron y me la echaron a mí y no aprovechaba; la eché hacia donde él estaba y al punto, se fue y se me quitó el mal... Una noche pensé que me ahogaban y, en cuanto echaron agua bendita, vi ir mucha multitud de demonios como quien se va despeñando... Una vez, estando rezando se me puso (el diablo) sobre el libro para que no acabase la oración. Yo me santigüé y se fue. Tornando a comenzar, volvió. Creo que fueron tres veces que comencé y hasta que no eché agua bendita no pude acabar" (Vida 31).


A SAN PABLO DE LA CRUZ (1694-1775) el diablo se le presentaba en forma de gigante horrible o de gato negro o de ave negra de aspecto terrorífico y deforme y no le dejaba dormir. Le quitaba las mantas, lo tiraba al suelo, subía a su cama, lo golpeaba... Le infundía en su corazón melancolía y tristeza y hasta deseos de tirarse por la ventana... Y él, para defenderse, rezaba, tomaba el crucifijo en sus manos, echaba agua bendita y se ponía al cuello el rosario. Siempre tenía agua bendita en su habitación.


EL CURA DE ARS tampoco le dejaba dormir muchas noches. Imitaba los gruñidos de los osos, de perros o de otros animales... le hacía oír golpes continuos de martillo, lo tiraba al suelo y le hacía otras cosas que le hacían sufrir. Muchas veces, lo insultaba y le gritaba "comepatatas" (porque las patatas eran su principal dieta diaria). Igualmente, con agua bendita y el crucifijo, se defendía de su enemigo, aunque a veces la lucha duraba horas. Cuando se refería al diablo lo llamaba "el garras" (le grappin).


A SAN BENITO COTOLENGO el demonio muchas veces le escondía los zapatos, la ropa y, después, los encontraba en los lugares más difíciles y extraños. Una vez, se le presentó vestido como un gran señor, tratando de convencerlo de que no construyera su Obra, y entraba y salía de su casa sin dejar rastro.



A SAN JUAN BOSCO también le hizo sufrir mucho. Lo despertaba por la noche, gritándole fuerte al oído, le tiraba sus papeles en los que escribía "Lecturas católicas", le quitaba las mantas de la cama y, en una ocasión, hasta le prendió fuego. A veces, sentía un peso enorme sobre sí que le impedía respirar y se le presentaba como un horrible monstruo. Él lo rechazaba con la señal de la cruz, el agua bendita y haciendo penitencia frecuentemente.


A SANTA GEMA GALGANI una noche se le presentó como un perro negro enorme. Otro día, en que desobedeció la orden de su confesor de no salir sola de casa, lo estuvo siguiendo por la calle bajo la figura de un hombre, que la asustó. Fue a buscar a su confesor para que la perdonara, fue al confesionario y, después de confesarse, se dio cuenta que el diablo había tomado la figura de su confesor. Y ella dice en su Diario: "Fue una jornada del demonio. El confesor era el diablo y estaba con la mitra puesta en la cabeza". Se dio cuenta, porque, cuando le decía sus pecados, a todo le decía que estaba bien y no le corregía nada. Otros días, no la dejaba dormir y le daba tantos golpes que no podía levantarse por la mañana, pero lo que más le hacía sufrir eran las tentaciones contra la pureza.

En una ocasión (25-8-1900) se le presentó bajo la figura de su ángel custodio. Al principio no lo reconoció; pero, después, al sentir miedo e intranquilidad, reconoció que no era su ángel. Ya decía San Pablo que "Satanás se disfraza también de ángel de luz" (2 Co 11,14).


A ALEXANDRINA DA COSTA (1904-1955) el diablo la asaltaba con pensamientos de suicidio, de desesperación y de impureza. En ocasiones, con permiso de Dios, el diablo se apoderaba de ella. En esos momentos, no toleraba que se hablase en su presencia de la Virgen o del Señor, escupía las imágenes sagradas, insultaba a su director espiritual y decía palabras obscenas y blasfemias. Ella, que pesaba 33 kilos y estaba paralizada, parecía tener una fuerza sobrehumana inexplicable. Ella fue un alma mística extraordinaria. Había quedado lisiada a los 14 años, al tirarse de una ventana para no ser violada, y estaba siempre inmovilizada en su cama. Ella era una víctima por la salvación de los pecadores y casi todos los días el Señor permitía que el diablo la asaltara y la hiciera sufrir durante dos horas para que sintiera horror al pecado y fuera madurando más y más en el amor de Dios y de los demás. En esos momentos, su director espiritual pronunciaba exorcismos y su hermana le echaba agua bendita para calmarle.


El SANTO PADRE PÍO (1887-1968), famoso sacerdote capuchino italiano, tenía una guerra sin cuartel con el diablo, a quien llamaba "cosaco" o "Barbazul". Lo asaltaba con tentaciones de las más atroces, con ataques violentos, incluso físicamente, y con insidias de toda clase. En una carta, le escribía a su director el Padre Agustín: "La otra noche la pasé muy mal. Desde las diez de la noche hasta las cinco de la mañana, el diablo no hizo otra cosa que golpearme. Me ponía pensamientos de desesperación... Cuando se fue, sentía un frío intenso en todo mi cuerpo, que me hacía temblar de pies a cabeza...

Desde hace varios días viene a visitarme con otros más, armados de bastones y barras de hierro. Quién sabe cuántas veces me ha tirado de la cama y me ha arrastrado por la habitación... A veces, permanezco así incapaz de moverme, pues me ha quitado hasta la camiseta y, cuando hace frío, me congelo... Cuántas enfermedades debería haber cogido, si el dulcísimo Jesús no me hubiese ayudado".

Había veces en que le tiraba las cosas de la habitación y le desordenaba todo, le decía palabras obscenas y esparcía un olor nauseabundo. Una mañana, después de una noche de sufrimientos con el diablo, escribió a su director una carta, fechada el 5 de noviembre de 1912, en que le decía que había visto a su ángel, sonriendo de alegría y él le había reprochado por no haberle ayudado, a pesar de haberle llamado en su ayuda. "Para castigarlo, decidí no mirarlo a la cara. Pero él, pobrecito, se me acercó, casi llorando y hasta que no lo miré, no quedó tranquilo. Y me dijo: Estoy siempre a tu lado y te rodeo con mi afecto. Mi cariño no se extinguirá con el fin de tu vida. Sé que tu corazón late siempre de amor por nuestro querido Jesús... No temas, debes tener paciencia. Yo estoy contigo". Muchas veces, se reía y jugaba con su ángel con quien tenía mucha confianza y, por eso, en broma, es capaz de querer castigarlo, sabiendo muy bien, que, en esos momentos, Jesús quería que estuviera aparentemente solo para que su mérito en el triunfo contra el enemigo, fuera más grande. Por eso, por la satisfacción de haber triunfado, una vez más, de la tentación, su ángel se le aparece sonriendo de alegría.

En algunas oportunidades, recibía cartas de su director y no podía leerlas, porque el diablo las hacía ilegibles, como si las hubiera quemado, o estaban totalmente en blanco. Entonces, ponía el crucifijo encima o les echaba agua bendita y se hacían legibles.

¿Cómo te proteges del poder del maligno? ¿Estás siempre en guardia ante la tentación?


La vida es una lucha contra el mal

Autor: P. Angel Peña O.A.R.


jueves, 9 de mayo de 2013

SANTA GEMA Y EL DEMONIO


“EL DEMONIO SE HA PROPUESTO ARRUINARME”

La acción del demonio en la santificación de las almas. 

     En estos menguados tiempos en que tan suelto anda el demonio por el mundo y tan patente se deja sentir su acción en muchos de sus míseros esclavos abundan los ingenuos que se maravillan y escandalizan de que ese espíritu de perdición intervenga en las vidas de los santos, siquiera sea para perfeccionarlas y embellecerlas.

     Como quiera que el Señor no subordina sus disposiciones a los gustos de los tiempos y a las necias exigencias de sus enemigos, permite al demonio en nuestros días, como en la Edad Media y en todos los tiempos, tentar nuestra virtud, sirviéndose de ese enemigo del género humano para probar a los hombres como el oro en el crisol y hacer la selección entre réprobos y escogidos.

     La divina Providencia no permite, sin embargo, seamos tentados sobre nuestras fuerzas; antes bien, ordena sapientísimamente que los niños en la virtud sean tentados como niños y los gigantes como gigantes.

     Gigante en la virtud es sin duda la virgen de Luca; natural es que sus combates con el infierno sean reñidísimos y formidables. De Gema puede afirmarse lo que la Sabiduría dice de Jacob: que le preparó el Señor una gran batalla para que saliera vencedora. Según la magnitud de los combates que hubo de sostener contra el infierno nuestra heroína, fue la grandiosidad y brillantez de sus victorias.

      Escribiendo al director le dice: “Hace dos días que Jesús, después de la comunión, me repite: Hija, el demonio te está preparando una gran batalla; y estas palabras me las hace sentir a cada paso en el corazón”.

     Bien sabía el esclarecido director que el demonio recibió de Dios extraordinarios poderes para tentar y seducir a su santa dirigida. Desde el principio de su dirección le hizo escribir una solemne protesta de que nada quería con el demonio, al tiempo que le indicaba el saludo con que debía recibir todas las apariciones, llegando a exigirle escupiera en el rostro a cuantos personajes se le aparecieran.

     Es que, verdaderamente, el mismo Padre Germán aparece en esta materia como asustado, siendo muy cierto que en pocas vidas de santos encontramos que el Señor concediese al demonio la libertad para engañar y atormentar que descubrimos en la de nuestra santa joven. No hay para qué decir que el maligno espíritu se aprovechó largamente de ella.

Acción seductora.

     Empezó tratando de seducir y engañar a Gema incitándola, ora a la presunción, ora a la desconfianza y desesperación.

     Para lo primero le ponía ante los ojos que el confesor guardaba cuidadosamente sus cartas con intención de publicarlas un día para gloria y alabanza suya. No dejaba de ser peligrosa esa tentación, ya que Gema sabía que guardaban las cartas donde tantos y tan señalados favores del Cielo refería, así el confesor como el director.

     Nunca se retrajo por semejantes sugestiones de comunicarse con sus directores ni hizo caso de si ellos podían o querían utilizar sus escritos para unos u otros fines.

     En una ocasión, encontrándose Gema en el lecho, vio venir hacia sí a un venerable obispo rodeado de cincuenta niños y niñas, todos vestidos de ángeles y con velas encendidas en las manos. Llegados junto al lecho se colocaron alrededor de él, hasta que, a cierta señal, todos se arrodillaron, adorándola reverentes. Lejos de envanecerse la humildísima joven experimentó extraña turbación, señal inequívoca de que allí andaba de por medio el demonio. Trazó la señal de la cruz, y por más que tardó algún tiempo en manifestarse la peregrina turba, al fin mostraron ser una caterva de demonios venidos para tentar la humildad de Gema.

     El profundo conocimiento que tenía la sierva de Dios del todo de Dios y de la nada de la criatura, a  una con su candidez infantil, parecía tenerla al abrigo de todo sentimiento y hasta pensamiento de vanidad. Así que no es de extrañar fueran más rudos los combates con que el infierno trató de arrastrarla a la desesperación o la desconfianza.

     Las terribles pruebas a que el Señor la sujetaba y los indecibles dolores que sufría eran aprovechados por el astuto tentador para inducirla a desconfianza. Se le aparecía en diversas formas y le brindaba a trueque de los padecimientos que recibía de Jesús regalos y placeres edénicos.

     En el éxtasis 38 aparece el astuto tentador mostrándole en Jesús un tirano que se complace en atormentar a quien le sirve. Se le ve reaccionar valerosamente contra la sugestión diabólica y exclama: “¿Tirano mi Jesús?... ¿De manera, Dios mío, que todo el tiempo que he empleado en orar ha sido tiempo perdido? También me dice que el confesor me engaña. ¿Me perderé entonces por las palabras del confesor?...  ¡Ayúdame Tú, oh buen Jesús!; ¡Dímelo!”
  
     Así era cómo se resistía a las malignas sugestiones y cómo terminaba por entregarse con mayor ardimiento al divino servicio.

Empujándola a la desesperación.

     Más molestas que estas tentaciones resultaban aquellas otras en las que aprovechándose el enemigo de las desolaciones y temores de perderse de la santa joven procuraba empujarla a la desesperación. Clamaba la pobre Gema por Jesús, lo buscaba con febril afán y al no aducir el divino Salvador a sus clamores se presentaba en su lugar el demonio y le decía: “¿No ves que ese Jesús no te escucha ni se ocupa de ti? ¿Por qué te cansas corriendo tras Él? Abandónalo ya, resignándote a tu triste suerte”. Esta tentación ha causado en todo tiempo indecibles angustias a los santos. Superfluo es decir que también Gema padeció con ella indecible martirio.

     A veces pasaba el tentador más adelante, recordándole apariencias de pecados y tratando de persuadirla que por ellos estaba ya sentenciada al infierno.

Procurando aislarla de sus directores.

     Nada desesperaba tanto al infierno como la docilidad de la sierva de Dios en dejarse totalmente gobernar por sus directores. ¿Qué no podría prometerse el maligno espíritu de joven tan simple y candorosa abandonada a su propio juicio? En consecuencia, dirigió todos sus tiros contra el baluarte de la obediencia, seguro de que si lograba derribarlo tenía la plaza rendida y conquistada.

     Para ello le pintaba al Padre Germán como a un iluso, charlatán, ignorante, fanático y olvidadizo. “Basta – le escribía- que me ponga en oración o que tenga un buen pensamiento para que aquel cosaco (así llamaba al demonio) me diga interiormente: “¿Pero haces caso e ese hombre? ¡Si es un desgraciado, un chismoso!”.

     En otra carta le decía: “¡Si supiese cuántas tentaciones me trae el demonio con respecto a usted! Tan pronto me hace creer que es un usted un loco, un brujo…, como me dice al oído:

     -¿Y te fías de ese charlatán? ¡Hay que ver las boberías que te hace creer!

     Me lo representa a continuación como un hipócrita, etcétera…”.

     Como nada lograba el astuto tentador con semejantes insinuaciones y sugestiones, acudía a la violencia, siendo muy frecuente que cuando se ponía a escribir le arrancase la pluma de la mano, le hiciese trizas el papel, la arrojase del escritorio y hasta la agarrase por los cabellos, arrastrándola por el suelo, no sin que llegase a quedarse con mechones de cabellos entre los brutales dedos. Al desaparecer después de ejecutadas tales violencias, gritaba desesperado:

     -¡Guerra, guerra a tu Padre!

     Al referir estos hechos añade el Padre Germán: “Debo decir confidencialmente que el Maligno supo bien guardar su palabra.” Estas palabras ocultan muchas y grandes cosas que la humildad del bendito Padre ha querido dejar en el misterio.

Contra la obra de Monseñor Volpi.

     También la obra de Monseñor Volpi desconcertaba al infierno, llegando el demonio en su empeño por neutralizarla y contrarrestarla hasta tomar la forma del Prelado. “Cierto día – refiere el Padre Germán-, habiendo ido a la iglesia para confesarse, mientras se preparaba al lado del confesonario vio que ya el confesor, sin saber por dónde ni cómo, estaba en su puesto esperándola. 

Se extrañó de ello, sintiendo al punto turbación, como le acontecía siempre que se encontraba en presencia del demonio. Ello no obstante, se llegó al confesonario y empezó la confesión como de costumbre. La voz y los modales eran evidentemente del confesor, pero las palabras eran de lo más indecente y escandaloso que cabe imaginarse, yendo acompañadas de gestos y acciones deshonestas.

     -¡Dios mío – exclamó la pobre joven -. ¿Qué es esto? ¿Y dónde me encuentro?

     A tal vista y tales discursos se puso a temblar de pies a cabeza la inocente joven, quedando como desvanecida; pero cobrando luego el ánimo se alejó de allí, viendo que el presunto confesor había desaparecido sin que nadie le hubiese visto salir.

     Era el demonio, que con tan malignas artes se proponía engañar a la piadosa joven, haciéndole perder la confianza que tenía puesta en el confesor.

     Una vez, sin embargo, logró representar su papel con tanta propiedad que, permitiéndolo Dios, logró persuadir a la pobrecita de que era su propio confesor en persona. Por fortuna me ocurrió a mí por aquellos días tener que pasar por Luca, y enterado del caso conseguí, no sin gran trabajo y en virtud de santa obediencia, recobrase la paz perdida y la confianza en aquel santo sacerdote”.

Procurando meter la discordia entre los directores.

     Llevando más adelante el demonio sus malignas artes, trató de meter discordia entre el confesor y el director. El empeño parece difícil, tratándose de personas tan ilustradas y que con tanta pureza de intención buscaban la santificación de Gema; pero también el ardid fue de los mejor tramados, costando no poco trabajo descubrirlo.

     Recibió en cierta ocasión Monseñor Volpi una carta que llegaba como del Padre Germán, por más que no llevaba su firma. La carta estaba escrita con tales reservas y reticencias y mostraba tanta desconfianza, que desagradó no poco al venerable prelado le escribiera de tal manera un religioso a quien con tanta familiaridad había siempre tratado.

     No consistiéndole su conciencia quedasen así las cosas, contestó al Padre Germán con una carta muy sentida, pero que, sin embargo, terminaba con estas palabras: “Por lo demás, no crea que yo guarde resentimiento alguno contra V. R.: antes bien, he pedido frecuentemente noticias suyas y le estimo muy de veras.”  ¿Descubrió de pronto el director la treta infernal que en ese negocio se encerraba?

     Parece que de momento sólo pensó en deshacer el engaño. Tomó rápidamente la pluma y redactó esta lacónica respuesta: “Excelentísimo señor: He quedado no poco sorprendido al hablarme S. E. de cartas escritas por mí y sin firma. Y ¿qué fin me podía yo proponer al escribir de mi propio puño y sin la firma? Ni siguiera por distracción suelo caer en semejantes omisión. Me bendiga y tenga siempre por su humildísimo y obedientísimo servidor, Germán, Pasionista.”

     Al fin, y teniendo experiencia de otros enredos con que el demonio procuraba impedir su santo ministerio con Gema, acabaron por persuadirse de que sólo él pudo ser el autor de tan extraña carta.

     No fue ésta la única ocasión en que el demonio se sirvió de cartas fingidas para privar a la sierva de Dios del apoyo y guía de sus Padres espirituales. Poseemos otras no menos perversas y mal intencionadas.

Para privarle de la ayuda del Padre Pedro Pablo.

     Recordará el lector el inmenso bien que procuró a Gema el Padre Provincial Pedro Pablo, más tarde Monseñor Moreschini. Él fue de los primeros Pasionistas que descubrieron la acción de Dios en las cosas de la santa joven; quien la consoló en las graves vacilaciones que se siguieron a la aparición de las llagas; quien a ruegos de Monseñor Volpi obligó al Padre Germán a venir a Luca para examinar el espíritu de Gema. Pues bien; el espíritu maligno trató no sólo de privar a la sierva de Dios de la ayuda que recibía de tan ilustre religioso, sino también servirse de él como de instrumento para arrebatarle el confesor y el director y ocasionarle otros gravísimos males.

     Para ello hizo que dicho religioso recibiera dos cartas extrañas: la primera como de Monseñor Volpi, aconsejándole se desentendiera de ella, por tratarse de una ilusa, y la otra como del Padre Germán, calificándola de hipócrita y recomendándole interviniera para que la familia Giannini la arrojara de su casa.

     Afortunadamente, el Padre Pedro Pablo estaba preparado para todo. Hizo serenamente algunas averiguaciones, logrando comprobar se trataba de una estratagema diabólica.

     La pobre sierva de Dios sufría horriblemente viendo a todo el infierno conjurado para perderla. “El demonio –escribía al director- se ha propuesto arruinarme. Está desencadenado y pone en juego todas sus fuerzas”.

Tomando diversas figuras.

     Si a tales extremos llegaba el demonio para seducir y perder a nuestra Gema, ni que decir tiene que no repararía en tomar toda clase de formas y figuras para mejor conseguir sus diabólicos intentos.

     Así fue. Le hemos visto tomar la figura del confesor. Pasando más adelante, era muy frecuente se le apareciese en forma de ángel resplandeciente, y habremos de ver que llega hasta tomar la figura del mismo Jesucristo.

     Algunas veces descubría Gema muy pronto el engaño, por cierta especie de turbación que sentía; otras le costaba no leve trabajo y largo tiempo el caer en la cuenta del personaje con quien tenía que habérselas.

     En cierta ocasión vio ante sí un ángel de peregrina hermosura que dirigiéndole la palabra le decía: “Mírame; con sólo que jures obedecerme puedo hacerte feliz”.  No experimentando Gema la acostumbrada turbación, se puso a escuchar con la mayor sencillez las proposiciones del supuesto ángel. Si las primeras aparecían inofensivas, muy luego se siguieron a ellas otras nefandas. Horrorizada la inocente virgen, lanzó un grito: “¡Dios mío, Virgen Inmaculada, primero la muerte!”; al mismo tiempo se lanzó contra el fingido ángel y le escupió en el rostro. Desapareció el malvado en forma de llama, no sin dejar en pos de sí un montón de ceniza.

     No menos peligrosas eran las apariciones en que tomaba el demonio la figura del mismo Jesucristo. Bajo la capa de santos consejos, no buscaba otra cosa que sorprender la ingenuidad de la santa doncella para extraviarla en el camino de la virtud.

     Fuera de estas formas, lo ordinario era se le apareciese en figura de un negro gigantesco, de repugnante y asqueroso enano, de perro rabioso, de dragón con dilatadas fauces y afilados dientes, de gato negro descomunal y de otras distintas fieras salvajes. Los últimos años fueron frecuentísimas todas estas apariciones, hasta el extremo de que la santa joven llegó ya a perder el temor y espanto que en un principio lo ocasionaban, confiando, por otra parte, que la gracia de Dios sabría convertir en su provecho las maquinaciones infernales.

     Véase por vía de ejemplo una de tales apariciones presenciada por el Padre Germán. “En cierta ocasión –escribe éste- asistía yo a Gema, enferma de gravedad. Me encontraba en un ángulo de la habitación rezando en mi breviario, cuando vi cruzar corriendo por entre mis piernas un enorme gato negro, de figura horrible, que después de dar una vuelta por toda la habitación fue a colocarse sobre el respaldar inferior de la cama de hierro, frente por frente de la enferma, sobre quien lanzaba miradas feroces. A mí se me helaba la sangre en las venas, en tanto que Gema seguía tan tranquila. Ocultando mi turbación, le pregunté:

     -¿Qué hay de nuevo?

     -No se asuste, padre –me respondió-; es ese cosaco de demonio que quiere molestarme, pero estese tranquilo, que no le hará daño alguno.

     Me acerqué temblando con el agua bendita, rocié el lecho y desapareció la aparición, quedando la enferma tranquilísima, como si nada hubiera pasado”.

     Interrogada doña Cecilia sobre este hecho, que también se lo refirió el Padre Germán cuando acababa de suceder, añade: “Fue en octubre de 1902, cuando encontrándose el Padre Germán en la habitación de Gema, vio el enorme gato de que habla. Debo notar que no existía en casa semejante gato y que estando yo en aquella ocasión trabajando en la habitación inmediata, por la cual había de pasar para llegar a la de Gema, recuerdo perfectísimamente no haber visto pasar gato alguno”.

Violencias satánicas.

     Visto por el demonio que nada conseguía con todos sus engaños y ficciones, aprovechándose largamente del permiso que Dios le concedía, maltrataba a nuestra santa joven de mil maneras a cual más brutales.

      Unas veces la golpeaba con fiereza, otras la arrastraba por el suelo, cuándo la mordía como un perro, cuándo la tiraba por los cabellos hasta arrancárselos, ya se arrojaba sobre sus espaldas arañándola, ya, finalmente, la sacaba del lecho, dejándola en el suelo sin sentido.

     Excusando es decir lo mucho que sufría la inocente virgen bajo los despiadados golpes del infernal enemigo. A veces aparecía su carne toda amoratada, otras sentía como descoyuntados todos los huesos; en ocasiones hubo de guardar cama a consecuencia de los malos tratos recibidos y hasta en algún caso llegó a persuadirse de que realmente la mataba.

     No menos que tales atentados contra la vida temía la pudibunda doncella las tentativas diabólicas contra la pureza. Ofrecía el inmundo espíritu a las castas miradas de Gema vergonzosas desnudeces; la incitaba a cometer deshonestidades; ponía sobre ella las manos para excitar torpes complacencias y cometía otras mis diabluras que la pluma se resiste a transcribir.

     Escuchemos la llaneza e ingenuidad con que la sierva de Dios refiere estas violencias satánicas. “Hoy creía –escribe en el Diario- verme libre de aquella fiera bestia, pero no ha sucedido así. Me dirigía al aposento para descansar, cuando comenzó a descargar sobre mí tales golpes que creí me mataba. Tenía la figura de un perrazo negro; me puso las patas sobre la espalda, atormentándome tanto que parecía me trituraba los huesos. Hace tiempo también que al tomar agua bendita me dio tan fuerte golpe en el brazo que me lo descoyuntó, cayendo en tierra presa de intensísimo dolor; pero todo se remedió muy pronto, porque Jesús me tocó con su mano y al punto quedé curada”.

Obsesión y posesión diabólicas.

     No siempre eran de este género las violencias del demonio sobre Gema. Frecuentemente se revelaban en lo que llaman los místicos “obsesión” y hasta “posesión diabólica”.

     Bajo la acción del espíritu infernal se sentía la sierva de Dios como encadenada en sus miembros, en sus facultades y hasta en su lengua, o bien obligada a ejecutar movimientos y acciones que repugnaban su voluntad.

     El primer empeño del enemigo de la salvación  era privar a la sierva de Dios de su acostumbrada oración. Apenas se recogía para tan santo ejercicio, cuando le hacía sufrir horribles dolores de cabeza, le descomponía los humores, le infundía náuseas y repugnancias, con que se esforzaba por retraerla de su trato con el Señor.

     No paraba aquí la acción diabólica sobre Gema. “Aunque muy raras veces – dice el Padre Germán -, ocurría que el demonio la poseía por completo, ligándole las potencias del alma (entiéndase que excluida su voluntad) y perturbando su imaginación hasta el extremo de aparecer como posesa, daba pena contemplarla en semejantes circunstancias. Sentía tanto horror a este lamentable estado que temblaba y palidecía a  su solo recuerdo. ¡Dios mío –escribía al director-; he estado en el infierno, sin Jesús, sin la Mamá, sin el Ángel! Si he logrado salir sin pecado, sólo a Jesús se lo debo. A pesar de todo estoy contenta, porque sé que padeciendo de este modo, y padeciendo siempre, hago la santísima voluntad de Jesús”.

“Tengo miedo de encontrarme en manos del demonio”.

     Al verse en tales aprietos, solía  acudir con toda diligencia al Cielo pidiendo fortaleza, acudía también despavorida solicitando el auxilio del confesor. “Monseñor –le escribía-, venga inmediatamente; el demonio me las hace de todas las especies… Ayúdeme  a salvar mi alma, pues tengo miedo de encontrarme en manos del demonio”.

     Este miedo de Gema aparece muy legítimo si se tiene en cuenta que poseída del espíritu maligno llegaba hasta volverse contra las personas que la rodeaban, destrozar objetos sagrados, escupir a la imagen de la Santísima virgen y el crucifijo, retorcerse como desesperada por el suelo y otros actos semejantes. Sabemos por la teología mística que pueden darse estos casos, y las vidas de los santos más de una vez los registran. Dios permite la posesión diabólica en los santos para proporcionar a éstos más glorioso triunfo y más humillante derrota al demonio. Posesionado este espíritu maligno de todo el cuerpo y facultades sensitivas de los santos, arrastrándoles a cometer verdaderas impiedades, a la postre tiene que confesarse vencido, comprobando no puede doblegar su voluntad ni apartar su corazón el amor divino.

     “Este demonio –escribe al director- es el que hace que cuantos sentidos, sentimientos y miembros tengo en mi cuerpo estén todos en pecado y todos corrompidos; sólo hay una excepción… el corazón, sede de Jesús”.

Tras los combates con el infierno las consolaciones celestiales.

     Dice el sagrado Evangelio que después de triunfar Jesucristo de las tentaciones del demonio en el desierto, se le acercaban los ángeles para servirle. Después de triunfar gloriosísimamente nuestra santa joven de las maquinaciones infernales a que era sometida su virtud llegaban las divinas consolaciones, tan grandes y misteriosas como las tentaciones vencidas.

     Superada en cierta ocasión una de esas terribles pruebas, “apenas me puse de rodillas –escribe al confesor- se me presentó Jesús y me entretuve con Él largo rato. Le pregunté dónde había estado.

     -A tu lado- me contestó.

     -¡Oh Jesús mío! –le dije-. Mucho que ha dado qué sufrir aquella bestia infernal, y debo estar llena de pecados con lo mucho que te habré ofendido.

     No, hija mía –me respondió Jesús-; no me has disgustado en lo más mínimo, puesto que en nada has consentido.

     Me he solazado con Jesús todo el resto de la noche. ¡Oh Monseñor, qué hermosa es la presencia de Jesús y qué horrenda la vista del diablo!

     A veces no se contenta el Salvador con asegurarla de su buen comportamiento en la pelea; la instruye sobre las precauciones que debe tomar y el modo de conducirse en los combates.

Eficacísimos protectores.

     Pasando todavía más adelante el celestial Esposo, ofrece a esta aguerrida luchadora su celestial protección y compañía. “Yo estaré siempre contigo –le dice- y mi Madre Santísima te protegerá; pero invócala a menudo”.

     Hemos hablado en otro lugar de la valiosísima defensa que encontraba en la Santísima virgen. La augusta debeladora del poder de las tinieblas estaba siempre pronta para auxiliar a esta su queridísima hija y siempre acudía trayéndole la palma de la victoria.

     También su celestial protector San Gabriel de la Dolorosa acudía tan pronto como era invocado. “Ayer –escribe al confesor- me asaltó una tentación violentísima. Llamé al Hermano Gabriel y al punto compareció diciéndome: Cuando la tentación ponga tu corazón en sobresalto y tu alma en trance de ceder al enemigo recurre a mi protección, bien segura de no caer”.  Así lo hacía y siempre le fue eficacísima la protección del angélico joven Pasionista.

     Su amado Padre San Pablo de la Cruz acudía igualmente a defenderla en los trances de mayor apuro. “El miércoles por la tarde –escribe- me sobrevino una gran tristeza, por la cual conocí que el malvado se acercaba. Únicamente con agua bendita y más aun invocando a San Pablo de la Cruz pude verme libre”.

     A veces acude San Gabriel “acompañado de otro Pasionista anciano”, en quien muy pronto reconoce a San Pablo de la Cruz; y no faltan ocasiones en que Jesús, San Pablo de la Cruz y san Gabriel, “siempre los tres” -añade- acuden con los laureles del triunfo.

     Como escudo de defensa contra los ataques de Satanás usaba también escapularios, medallas y en los últimos años una reliquia de la Santa Cruz que para dicho objeto le había regalado el Padre Pedro Pablo. Encontraba tan eficaz defensa en estos objetos que viendo frecuentemente al demonio impotente para atormentarla poníase a hostigarle y mofarse de él.

El demonio corrido y vencido.

     Esto de mofarse del demonio y hacer como que tomaba a chacota sus amenazas y crueldades era también bastante frecuente, hasta que el Padre Germán le prohibió detenerse en pláticas y denuestos semejantes. Cuando vencido y corrido el demonio huía precipitado le despedía con sonoras risotadas. “Si lo hubiera visto, Padre - escribía al director-, cómo tropezaba al huir furioso, se hubiera reído como yo me reía”. “Después de estas palabras – escribe en otra ocasión – quedé tranquila en el lecho y me reía mirando los feos visajes que hacía y la rabia que le devoraba. Me amenazaba con atormentarme si me ponía en oración.