La simple tentación es la forma más corriente y universal con que ejerce Satanás su acción diabólica en el mundo. Nadie está exento de ella, ni aún los mayores santos. En todas las etapas de la vida cristiana experimenta el alma sus asaltos. Varían las formas, cambian los procedimientos, aumenta o disminuye su intensidad, pero el hecho mismo de la tentación permanece constante a todo lo largo de la vida espiritual. Nuestro Señor Jesucristo quiso ser tentado también, para enseñarnos a nosotros la manera de vencer al enemigo de nuestras almas.
Pero a veces el demonio no se contenta con la simple tentación. Tratándose, sobre todo, de almas muy elevadas, a las que apenas impresionan las tentaciones ordinarias, despliega todo su poder infernal, llegando, con la permisión de Dios, hasta la obsesión y a veces posesión corporal de su víctima. La diferencia fundamental entre ambas formas consiste en que en la obsesión la acción diabólica es extrínseca a la persona que la padece, mientras que en la posesión el demonio entra realmente en el cuerpo de su víctima y le maneja desde dentro como el chófer maneja a su gusto el volante del automóvil.
1. Naturaleza de la obsesión. Hay obsesión siempre que el demonio atormente al hombre desde fuera de una manera tan fuerte, sensible e inequívoca que no deje lugar a duda sobre su presencia y acción.
En la simple tentación no aparece tan clara la acción diabólica; en absoluto, podría obedecer a otras causas. Pero en la verdadera y auténtica obsesión, la presencia y acción de Satanás es tan clara e inequívoca, que ni el alma ni su director abrigan la menor duda de ello. El alma conserva la conciencia de su acción vital y motriz sobre sus órganos corporales; cosa que desaparece en la posesión, pero nota claramente al mismo tiempo la acción exterior de Satanás, que trata de violentarla con una fuerza inaudita.
«La obsesión advierte muy bien Ribet, es el ataque del enemigo, que se esfuerza por entrar en una plaza de la que todavía no es dueño; y esta plaza por conquistar es el alma. La posesión, en cambio es el enemigo en el corazón mismo de la plaza y gobernando en ella despóticamente; y esta plaza invadida y esclavizada es el cuerpo. Hay, pues, como se ve, una diferencia notable entre estas dos irrupciones diabólicas. Una es exterior, otra interior; esta última se dirige por sí misma al cuerpo, a quien mueve y agita; la primera se dirige al alma, y tiene por finalidad inmediata solicitarla al mal. Por esto, la obsesión es más temible que la misma posesión: la esclavitud del cuerpo es infinitamente menos de temer que la del alma».
2. Clases. La obsesión puede ser interna o externa. La primera afecta a las potencias interiores, principalmente a la imaginación, provocando impresiones íntimas. La segunda afecta a los sentidos externos en formas y grados variadísimos. Rara vez se produce sólo la externa, ya que lo que el tentador intenta es perturbar la paz del alma a través de los sentidos; pero hay casos en las vidas de los santos en que las más furiosas obsesiones exteriores (apariciones, golpes, etc.) no lograban alterar en nada la paz imperturbable de sus almas.
1) LA OBSESIÓN INTERNA no se distingue de las tentaciones ordinarias más que por su violencia y duración. Y aunque es muy difícil determinar exactamente hasta dónde llega la simple tentación y en dónde empieza la verdadera obsesión, sin embargo, cuando la turbación del alma es tan profunda y la corriente que la arrastra hacia el mal tan violenta que para explicarla sea preciso suponer una excitación extrínseca aunque nada, por otra parte, aparezca al exterior, cabe pensar en una obsesión íntima diabólica.
Esta obsesión íntima puede revestir las más variadas formas. Unas veces se manifestará en forma de idea fija y absorbente sobre la que parecen concentrarse todas las energías intelectuales; otras por imágenes y representaciones tan vivas, que se imponen como si se tratara de las más expresivas y abrumadoras realidades; otra se referirá a nuestros deberes y obligaciones, produciendo hacia ellos una repugnancia casi insuperable, otra se manifestará por la inclinación y vehemente deseo de lo que es preciso evitar, etc.
La sacudida del espíritu repercute casi siempre sobre la vida pasional en virtud de las íntimas relaciones que existen entre ambos aspectos de nuestro único yo. El alma, muy a pesar suyo, se siente llena de imágenes importunas, obsesionantes, que la empujan a la duda, al resentimiento, a la cólera, a la antipatía, al odio y a la desesperación, cuando no a peligrosas ternuras y al encanto fascinador de la voluptuosidad.
El mejor remedio contra tales asaltos es la oración, junto con la verdadera humildad de corazón, el desprecio de sí mismo, la confianza en Dios y en la protección de María, el uso de los sacramentales y la obediencia ciega al director espiritual, a quien nada se le debe ocultar de todo cuanto ocurra.
2) LA OBSESIÓN EXTERNA y sensible suele ser más espectacular e impresionante, pero en realidad es menos peligrosa que la interior, a menos que se junte con ella, como ocurre casi siempre. Puede afectar a todos los sentidos externos. Hay numerosos ejemplos en las vidas de los santos.
a) La vista es afectada por apariciones diabólicas las más variadas. Unas veces son deslumbradoras, agradables, transformándose Satanás en ángel de luz para engañar al alma e inspirarle sentimientos de vanidad, complacencia en sí misma, etc. Por éstos y semejantes efectos reconocerá el alma la presencia del enemigo, aparte de otras normas que examinaremos al hablar del discernimiento de los espíritus. Otras veces aparece Satanás en formas horribles y amenazadoras para amedrentar a los siervos de Dios y apartarles del ejercicio de las virtudes, como se lee en la vida del santo Cura de Ars, de Santa Gema Galgani y muchos más. Otras, en fin, se presenta en forma seductora y voluptuosa para arrastrarles al mal, como ocurrió con San Hilarión, San Antonio Abad, Santa Catalina de Sena y San Alfonso Rodríguez.
b) El oído es atormentado con estrépitos y ruidos espantosos (Cura de Ars), con obscenidades y blasfemias (Santa Margarita de Cortona) o recreado con cantares y músicas voluptuosas para excitar la sensualidad.
c) El olfato percibe unas veces los olores más suaves (sensualidad) o la más intolerable pestilencia. Hay numerosos ejemplos en las vidas de los santos.
d) El gusto es afectado de muy diversas formas. A veces, el demonio trata de excitar sentimientos de gula produciendo la sensación de manjares suculentos o licores deliciosos que nunca había probado el sujeto que lo experimenta. Pero lo más frecuente es excitar la sensación de una amarguísima hiel en los alimentos que toma (para extenuar sus fuerzas apartándola del sustento necesario), o mezclando con la comida cosas repugnantes (gusanos, inmundicias de todas clases), o peligrosas de tragar e imposibles de digerir (espinas, agujas, piedras, fragmentos de vidrio, etc.).
e) El tacto, difundido por todo el cuerpo, sufre de mil maneras la nefasta influencia del demonio. Unas veces son golpes terribles, como consta históricamente de Santa Catalina de Sena, Santa Teresa, San Francisco Javier y Santa Gema Galgani. Otras, abrazos y caricias voluptuosas, como cuenta de sí mismo San Alfonso Rodríguez; otras, en fin, permitiéndolo Dios para prueba y provecho de sus siervos, llega la acción diabólica a extremos y torpezas increíbles, sin culpa alguna por parte del que la padece.
3. Causas de la obsesión diabólica. La obsesión puede obedecer a múltiples causas.
a) A LA PERMISIÓN DE DIOS, que quiere con ella acrisolar la virtud de un alma y aumentar sus merecimientos. En este sentido equivale a una prueba pasiva o noche mística del alma. Desde Job hasta el Cura de Ars puede decirse que no ha habido santo que no la haya experimentado alguna vez con mayor o menor intensidad.
b) A LA ENVIDIA Y SOBERBIA DEL DEMONIO, que no puede sufrir la vista de un alma que trata de santificarse de veras y de glorificar a Dios con todas sus fuerzas, arrastrando en pos de sí un gran número de almas hacia la perfección o salvación.
c) A LA IMPRUDENCIA DEL OBSESIONADO, que tuvo el atrevimiento de provocar o desafiar a Satanás como si fuera cosa de poca monta el derrotarle y vencerle. Se cuentan varios ejemplos de esta clase de imprudencias, que las almas verdaderamente humildes no se permitirán jamás.
d) Aunque más remotamente, puede obedecer también a la propensión natural del obsesionado, que da ocasión a Satanás para atacarle por su punto más débil. Esta razón no vale para las obsesiones exteriores, que nada tienen que ver con el temperamento o complexión natural del que las padece; pero es válida para las obsesiones internas, que encuentran el terreno abonado en un temperamento melancólico y propenso a los escrúpulos, inquietudes y tristezas. En todo caso, la obsesión, por violenta que sea, no priva jamás al sujeto de su libertad, y con la gracia de Dios puede siempre vencerla y sacar de ella mayores bienes. Únicamente por esto las permite Dios. Es cierto, sin embargo, que, aunque el sujeto obsesionado no pierde la libertad interior, sí pierde muchas veces el dominio de sus potencias y sentidos inferiores, viéndose forzado por impulsos casi incontenibles a decir o hacer lo que no quiere. Es posible, a veces, que la obsesión vaya unida con cierta posesión diabólica parcial.
4. Conducta práctica del director con las almas obsesionadas. Ante todo es menester mucha discreción y perspicacia para distinguir la verdadera obsesión de un cúmulo de enfermedades nerviosas y desequilibrios mentales que se parecen mucho a ella. Insensato sería además de herético e impío negar en redondo y a rajatabla la realidad de la acción diabólica en el mundo, toda vez que consta expresamente en las fuentes mismas de la revelación y ha sido contrastada mil veces con pruebas inequívocas e irrefutables en las vidas de los santos (Modernamente se exagera mucho la tendencia a explicarlo todo por causas puramente naturales. Con razón lamenta un gran teólogo contemporáneo que «quizá la victoria más alarmante y peligrosa del demonio sea el haber logrado sacudir de nosotros la fe en su espantoso poder» cf. DOM STOLZ, Teología de la mística, al final del capitulo «El imperio de Satán»). Pero no cabe duda que un sinnúmero de fenómenos aparentemente diabólicos reconocen en la práctica causas mucho menos sensacionales. Es norma de elemental prudencia fomentada siempre por la Iglesia la de no atribuir al orden sobrenatural o preternatural lo que pueda explicarse, con mayor o menor probabilidad, por causas puramente naturales.
El director obrará con prudencia si tiene en cuenta las siguientes normas:
1ª. La obsesión no se produce ordinariamente sino en almas muy adelantadas en la virtud. A las almas ordinarias y mediocres, que son la inmensa mayoría de los cristianos piadosos, el demonio se contenta con perseguirlas a base de la simple tentación. Examine, pues, el director la clase de alma que tiene delante, y por ahí podrá sacar una primera conjetura sobre el origen diabólico o puramente natural de sus presuntas obsesiones.
2ª. Vea también con toda diligencia y cuidado si se trata de un alma normal, perfectamente equilibrada, de sano juicio, enemiga de las exageraciones y encarecimientos; o si se trata, por el contrario, de un espíritu inquieto, desequilibrado, enfermizo, de antecedentes histéricos, atormentado por los escrúpulos o deprimido moralmente por algún complejo de inferioridad.
Este segundo dato es de importancia excepcional y muchas veces decisiva. Sin embargo, no se debe emitir un dictamen demasiado apresurado. Cabe perfectamente la obsesión diabólica en un sujeto histérico y desequilibrado. El diagnóstico diferencial de lo que corresponde a la acción del demonio y de lo que obedece a su desequilibrio nervioso será muy difícil en la práctica, pero el caso es perfectamente posible, y el director no debe resolverlo con la solución simplista de achacarlo todo a una u otra causa. Déle por su cuenta las normas de tipo moral que corresponde a su oficio de director de almas y remítale a un psiquiatra o médico católico que cuide de aliviar sus tormentos desde el campo de la medicina y de la terapéutica.
3ª. Los caracteres auténticos de la verdadera obsesión diabólica aparecen con suficiente claridad cuando se revela por signos visibles a todos (v.gr., la traslación de lugar de un objeto cualquiera por una mano invisible), cuando aparecen en el paciente marcas ostensibles (huellas de golpes, heridas, etc.) de la crueldad del demonio que no puedan atribuirse a ninguna causa puramente natural y cuando la persona que la padece ofrece todas las garantías de ecuanimidad, posesión de sí misma, sinceridad y, sobre todo, virtud acrisolada. Ya hemos dicho que el demonio no suele obsesionar a las almas vulgares y mediocres. A veces, sin embargo, permite el Señor la obsesión diabólica en almas vulgares y aun pecadores endurecidos como expiación saludable de sus pecados y con el fin de darles una idea impresionante de lo espantoso del infierno y de la necesidad de salir del pecado para liberarse de la esclavitud de Satanás. Pero lo ordinario y corriente es que padezcan los asaltos obsesionantes del demonio tan sólo las almas de virtud muy elevada o que caminan muy en serio hacia la santidad.
4ª. Comprobada al menos con discreta y prudente probabilidad la realidad de la obsesión diabólica, el director procederá con la máxima paciencia y suavidad de formas. Esas almas atormentadas necesitan la ayuda y el consuelo de alguien que les merezca entera confianza y les hable en nombre de Dios. Su principal preocupación se encaminará a reanimar al alma y levantar su ánimo abatido. Le hará ver cómo todos los asaltos del infierno resultarán inútiles si ella pone toda su confianza en Dios y no pierde la serenidad. Háblele de la insensatez e imprudencia del demonio, que no conseguirá con sus asaltos más que aumentar los méritos y la belleza de su alma. Recuérdele que Dios está con ella ayudándola a vencer —«Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Rom. 8,31)—, y a su lado está también María, su dulce Madre, y el ángel de la guarda, cuyo poder es muy superior al de Satanás. Recomiéndele que no pierda nunca la serenidad, que desprecie al demonio, que le escupa al rostro si se le presenta en forma visible que se arme con la señal de la cruz y el uso de los sacramentales —sobre todo del agua bendita, de eficacia reconocida contra las asechanzas del demonio— y que nunca deje de hacer lo que el enemigo trate de impedirle ni haga jamás lo que le sugiera, aunque parezca bueno y razonable. Insístale en que le dé cuenta detallada de todo cuanto ocurra, sin ocultarle nunca absolutamente nada, por duro y penoso que le sea. Hágale ver, en fin, que Dios se vale muchas veces del mismo demonio para purificar y acrisolar el alma, y el mejor modo de secundar los planes divinos es abandonarse enteramente a su voluntad santísima, permaneciendo en humilde aceptación de todo cuanto disponga y por todo el tiempo que Él quiera, pidiéndole tan sólo la gracia de no sucumbir a la violencia de las tentaciones y permanecerle fiel hasta la muerte.
5ª. En los casos más graves y persistentes podrá echar mano el director de los exorcismos prescritos por el Ritual Romano u otras fórmulas aprobadas por la Iglesia. Pero siempre en privado y sin avisar al paciente que se le va a exorcizar (sobre todo si se teme que la noticia le causará gran impresión o turbación de espíritu); basta con decirle que se va a rezar por él una oración aprobada por la Iglesia.
(“Teología de la Perfección Cristiana”, Fray Antonio Royo Marin OP).