jueves, 17 de abril de 2014

LA AGONÍA EN EL HUERTO


El Divino Redentor, cuando llegó al término de su vida terrenal, después de habernos dejado toda su Persona en el pan y en el vino del Sacramento del Amor y de haber nutrido a sus Apóstoles con su Carne Inmaculada, se dirigió al Huerto de los Olivos, lugar que los discípulos y Judas conocían. A lo largo del trayecto que separa el Cenáculo del Huerto, Jesús enseña a sus discípulos; los prepara para la próxima separación, su inminente Pasión y para sufrir por su amor las calumnias, las persecuciones y la misma muerte; para que cada uno imite a Él, Modelo Divino.

“Yo estaré con vosotros Y vosotros no os turbéis, oh discípulos, porque la promesa divina se cumplirá; la prueba la tendréis en la presente hora solemne.

Él está allí para empezar a vivir su dolorosa Pasión, pero más que pensar en sí mismo, se desvela por vosotros.

¡Oh, que inmensidad de amor encierra aquel corazón!… Su rostro denota tristeza y amor al mismo tiempo; sus palabras emanan de lo más profundo de su Corazón. Él habla con profusión de afectos, infunde valor, consuela y promete confortando, explica los más profundos misterios de su Pasión.

Siempre, ¡oh Jesús!, me ha conmovido el corazón este pasaje tuyo del Cenáculo al Huerto, por la expansión de un amor que se profundiza y se funde con sus amantes, para desahogar un amor que va a inmolarse por los demás, para rescatarlos de la esclavitud. Tú les has enseñado que no existe mayor prueba de amor que dar la propia vida por los amigos, y Tú estás ahora por sellar esta prueba de amor con la inmolación de tu vida.

¿Quién no permanece conmovido ante tan generosa oblación?

Al llegar al Huerto el Divino Maestro se despidió de los discípulos, quedándose sólo con tres, Pedro, Santiago y Juan, para que fueran testigos de sus penas. Precisamente los tres que lo vieron transfigurado sobre el Tabor entre Moisés y Elias y que lo reconocieron como Dios ¿tendrían ahora la fuerza de considerarlo Hombre-Dios entre penas y tristezas mortales? Al entrar en el Huerto les dijo: “quedaos aquí, velad y orad, para que no caigáis en tentación estad alerta, parece que les diga, por­que el enemigo no duerme; prevenios contra él con el arma de la oración, a fin de no ser envueltos e inducidos en el pecado. Es la hora de las tinieblas. Al terminar esta exhortación, Él se aparta de ellos como a un tiro de piedra y se postra en la tierra.

Él está extremadamente triste; su alma es prisionera de una indescriptible amargura. La noche es alta y límpida, la luna resplandece en el cielo, dejando el Huerto en la penumbra, parece que proyec­ta sobre la tierra siniestros resplandores, precursores de cosas graves y de funestos acontecimientos que hacen estremecer y helar la sangre en las venas. Parece que la noche estuviera tenida de sangre; un viento, como presagio de cercana tempestad, agita los olivos. Unido a aquel rumor de hojas, pene­tra en los huesos como un anuncio de muerte, desciende hasta el alma y la invade de mortal tristeza.

¡Qué noche más horrenda! ¡Nunca jamás la tierra verá una igual!…

¡Qué contraste, oh Jesús! ¡Cuán bella fue la noche de tu nacimiento, cuando los ángeles tripu­diantes anunciaron la paz, cantando gloria! Ahora, en cambio, me parece verlos melancólicos mien­tras te rodean a una cierta distancia, como respetando la suprema angustia de tu espíritu.

Este es el lugar donde Jesús viene a rezar. Él priva su humanidad sacrosanta de la fuerza que le confería la Divinidad, sometiéndola a una tristeza indefinible, a una debilidad extrema, a la melanco­lía y al abandono y a una angustia mortal. Su espíritu nada en ellas como en un mar ilimitado, el cual a cada instante parece sumergirlo. Ante su espíritu se representa todo el martirio de su inminente Pasión que, como un torrente desbordante, se vuelca en su corazón y lo martiriza, lo oprime y lo des­garra. Él ve, en primer lugar, a Judas, el discípulo tan amado por Él, que lo vende por pocas mone­das, que está por llegar al Huerto para traicionarlo y entregarlo a sus enemigos. ¡Él!… El amigo, el discípulo que poco antes había saciado con su Carne… postrado ante él le había lavado los pies y estre­chado contra su corazón y se los había besado con fraternal ternura, como si a fuerza de amor quisie­se impulsarlo a renunciar al impío y sacrilego propósito o por lo menos que, una vez cometido el horri­ble delito, recuperándose y recordando las muchas pruebas de amor, se hubiera arrepentido y salvado. Mas no, él se pierde y Jesús llora por su voluntaria perdida. Se ve legado, arrastrado por sus enemi­gos a través de las calles de Jerusalén, por las mismas calles en donde pocos días antes había pasado triunfalmente aclamado como Mesías… Se ve ante los Pontífices, golpeado, declarado por ellos reo de muerte. Él, el autor de la vida, se ve conducido de un tribunal a otro, en presencia de los jueces que le condenan. Ve su pueblo, tan amado y beneficiado por Él, que lo insulta, lo maltrata y con gri­tos infernales, silbidos y chillidos pide la muerte y la muerte de la Cruz. Escucha las injustas acusa­ciones, se ve condenado a los flagelos más despiadados. Se ve coronado de espinas, ridiculizado, salu­dado como un rey de burla, abofeteado…

Por último, se ve condenado a la ignominiosa muerte y subir al Calvario; extenuado bajo el peso de la Cruz, caer desangrado varias veces en tierra… Se ve, al llegar al Calvario, desnudo, extendido sobre la Cruz; crucificado despiadadamente, alzado sobre ella, en presencia de todos; suspendido, con tres clavos que le desgarran y le dislocan las venas, los huesos y la carne… ¡Oh, Dios! cuán larga es la agonía de tres horas que deberá aniquilarte entre los insultos de todo un pueblo enloquecido y mal­vado.

Ve su garganta y sus vísceras quemadas por la ardiente sed y ve agregarse a este desgarrador mar­tirio el tener que beber vinagre e hiel.

Ve el abandono del Padre y la desolación de la Madre a los pies de la Cruz.

Al final, la muerte ignominiosa, entre dos ladrones, uno que lo reconoce y lo confiesa como Dios y se salva, el otro que lo insulta, blasfema y muere desesperado.

Ve a Longino que se acerca y, como sumo insulto y desprecio, le abre el costado y… como todos los mortales sufre la humillación del Sepulcro.

Todo, todo está delante de Él para atormentarlo y Jesús permanece aterrorizado; y este terror se adueña de su Corazón Divino y lo atenaza desgarrándolo. Él tiembla como atacado por una fiebre altí­sima, el temor se apodera todavía de Él y su Espíritu languidece en mortal tristeza. Él, el Cordero ino­cente, solo, abandonado en las manos de los lobos, sin defensa alguna… Él, el Hijo de Dios… El Cordero que se ofreció espontáneamente al sacrificio por la gloria del mismo Padre que lo abandona al furor de las fuerzas infernales, por la Redención de la especie humana; de sus mismos discípulos, que vilmente lo abandonan y huyen de Él, como del ser más peligroso. Él, el Verbo eterno de Dios, reducido a burla de sus enemigos…

Pero Él ¿se retira?… No, desde el principio todo lo abraza generosamente, sin reserva alguna. ¿Cómo y de donde proviene este terror, este miedo mortal? ¡Ah! Él ha expuesto su humanidad como blanco para recibir sobre sí mismo todos los golpes de la divina justicia, lesa por el pecado. Él siente al vivo en el desnudo espíritu todo aquello que debe sufrir, cada una de las culpas que debe pagar con una pena especial y se abate porque ha dejado su humanidad como presa de debilidades, terrores y padecimientos.

Parece estar en las últimas… Él esta postrado con el rostro sobre la tierra delante de la Majestad de su Padre. Aquel divino rostro, que tiene extasiados, en eterna admiración de su belleza, a los Ánge­les y a los Santos del cielo, esta sobre la tierra completamente desfigurado. ¡Dios mío! ¡Jesús mío! ¿No eres Tú el Dios del cielo y de la tierra, idéntico en todo a tu Padre, el que se humilla hasta el punto de perder el aspecto exterior del hombre?…


Ah… sí, lo comprendo, es para enseñar a un soberbio como yo que, para tratar con el Cielo, debo abismarme en el centro de la tierra. Es para reparar y pagar mi altivez, que Tú te humillas así ante tu Padre; es para inclinar su piadosa mirada sobre la humanidad, que Él había retirado a causa de su rebe­lión. Y, por tu humillación, Él perdona a la criatura arrogante. Es para reconciliar la tierra con el Cielo, que Tú te humillas sobre ella, como para darle el beso de la paz. Oh, Jesús, que seas siempre y por todos alabado y que todos te agradezcan por las muchas humillaciones con las cuales nos has donado a Dios y a Él nos has unido en un abrazo de santo amor.

 Fuente: “Meditaciones del Padre Pío”